
En 1645 el Marqués de Leganés destruyó el fortín levantado en la margen izquierda del puente-fortaleza de Ajuda, y rindió luego la torre central que lo defendía, para aislar al enclave portugués de Olivenza. Fracasó, sin embargo, en la conquista de la plaza, espina clavada en el flanco sur de la Baja Extremadura, que su capital Badajoz no logró arrancarse hasta 1657. Este episodio de la Guerra de Restauración portuguesa, en el teatro de operaciones de la estratégica curva que describe el Guadiana frente a Elvas, sirve como punto de apoyo para una más amplia reflexión geopolítica sobre la Raya que trasciende dicho momento histórico.
Desde una concepción de la Historia Militar como disciplina que aspira a ir más allá de la narración documentada y crítica de batallas o campañas, la destrucción del puente-fortaleza de Ajuda ilustra la problemática transición entre la torre y el baluarte, entre la Edad Media (neurobalística) y la Moderna (pirobalística), capítulo a su vez de la eterna dialéctica entre la espada (el ataque) y el escudo (la defensa).
La destrucción del puente-fortaleza de Ajuda en 1645, nos invita a pensar desde el escenario extremeño en la necesaria vinculación entre Geografía e Historia, entre Tecnología y Sociedad, entre Pasado y Presente.

A lo largo de los dos siglos de existencia de los tercios, estas unidades fueron adaptándose a las necesidades de la guerra, a los recursos disponibles, a los avances técnicos. Lejos de ser un tipo de unidad militar estancada, con una estructura inamovible, los tercios destacaron por su flexibilidad y adaptabilidad en el campo de batalla, especialmente en cuanto a su potencia de fuego, manifestada en sus dotaciones de arcabuces y mosquetes: la versatilidad y profesionalidad de los soldados que portaban estas armas ha sido recogida en innumerables fuentes, y contribuyeron a la victoria de las armas españolas en los combates de este período.

Durante el reinado de Carlos II, la militarización y desmilitarización de las fronteras españolas se reflejaron de manera significativa en dos regiones clave: Navarra y Extremadura. A lo largo de este periodo, ambas fronteras experimentaron dinámicas diversas debido a factores geográficos, políticos, socioeconómicos y estratégicos. Navarra, ubicada en la frontera con Francia, fue objeto de una intensa militarización para contener el expansionismo de Luis XIV, lo que llevó a un aumento en la presencia militar, la construcción de fortificaciones y la formalización de asientos militares, además de la instalación de hospitales, almacenes y otros elementos esenciales en un entorno montañoso y fuertemente marcado por su autonomía foral.
Por su parte, Extremadura, en la frontera con Portugal, vivió una situación casi opuesta. Tras la paz con Portugal en 1668, la progresiva desmovilización permitió que el territorio se recuperara de los efectos de la prolongada guerra. No obstante, la presencia de soldados profesionales se mantuvo durante varias décadas debido a las recurrentes tensiones con el país vecino, especialmente intensas en 1681. Con el tiempo, la situación se estabilizó, lo que permitió redirigir parte del dispositivo militar hacia Navarra, mientras que la defensa de Extremadura quedaba cada vez más en manos de las milicias locales. Incluso en momentos de mayor conflicto, como en la Guerra de los Nueve Años, los soldados extremeños fueron desplegados en otros frentes, como Cataluña, Ceuta e incluso Navarra.
Ambas experiencias reflejan cómo las amenazas externas moldearon las decisiones de gobierno, influyendo en las dinámicas sociales y económicas de estas regiones fronterizas. Este análisis comparativo revela la adaptabilidad de la administración española a los contextos geopolíticos específicos, así como la influencia y las limitaciones impuestas por el marco foral.

Las Guerras de Religión en Francia, 1562-1598, evolucionaron de un conflicto civil y religioso a un conflicto internacional, donde se vieron involucradas dos de las naciones más poderosas del momento, España e Inglaterra. No será hasta el año 1590 cuando Felipe II se decida a enviar una fuerza expedicionaria en apoyo a los católicos franceses. La región elegida será la provincia de Bretaña, debido a la promesa de su gobernador, el duque de Mercoeur, de importantes apoyos tanto económicos como militares.
Bajo el mando del maestre de campo Juan del Águila se envió un tercio a esta provincia francesa, donde durante ocho años se enfrentaron no solo a las fuerzas enemigas sino también a las dificultades de un teatro de operaciones hostil. El clima, el hambre, una población civil desconfiada y contraria a la presencia de ejércitos extranjeros en sus ciudades, dificultaron la ayuda a los católicos bretones por parte de los hombres del tercio. Sin embargo, a pesar de todas estas penalidades los soldados españoles las superaron para llevar a cabo su misión. Una de las misiones fue la captura de un puerto bretón con la finalidad de llevar a cabo una nueva invasión de Inglaterra. El puerto elegido fue Brest, donde tuvo lugar uno de los hechos de armas más destacados de los soldados del tercio de Juan del Águila durante la campaña bretona.
